miércoles, 18 de junio de 2014

Saludos, soy Alda, la menor de 5 hermanos, me llamaron así porque al nacer mi padre dijo que no existía criatura en nuestro poblado más hermosa que yo. Estoy casada según nuestro rito con Belenus, descendiente de Gomer, primer jefe que colonizo estas tierras.

Nuestra vida aquí en Artabrus, siempre ha sido muy feliz, vivimos en un poblado en lo más alto llamado monte faro, desde allí divisamos a los enemigos y a las naves fenicias que intentan entrar desde el mar e internarse en el gran rio para comerciar con otras tribus, aunque siempre hacen escala en el pequeño puerto que tenemos en Mugardos, allí nos intercambian hermosas telas y otros objetos por ese metal que tanto aprecian y que cada vez piden con más exigencia, motivo por el cual cada vez sus viajes a este país son más continuos. Son metales que abundan en esta región y que nosotros utilizamos sobre todo para hacer adornos como torques, o pulseras. Hay también otro pueblo que nos visita a menudo para comerciar y del que hemos aprendido un baile muy divertido al que llamamos muñeira.

En nuestro poblado vivimos alrededor de 200 personas contando a las mujeres y niños, hacemos el culto a Teut, que es nuestro dios, y sus sacerdotes, los druidas, que van vestidos con largos mantos y túnicas listadas, son las personas con más conocimientos de la aldea, juzgan, adivinan, hacen sacrificios cuentan las hazañas de nuestros héroes y recogen el muérdago en las encinas que luego reparten entre la población.
Aquí el respeto a las mujeres es muy grande comparado con otros pueblos, aparte de cuidar a nuestros hijos nos dedicamos a cultivar la tierra y nuestro voto en el consejo también cuenta a la hora de declarar la guerra o decidir un tratado de paz

Tenemos pueblos vecinos con los que hemos luchado hace muchísimo tiempo pero ahora convivimos todos en paz, incluso con los griegos que se han instalado en el valle de Serantes donde abunda ese metal que tanto desean y almacenan.

Hace un tiempo  nos visitó una nave romana, tan grande como extraña su gente, en ella viajaba  el que debía de ser un embajador de su pueblo, pienso que debía de ser una persona muy importante para su pueblo ya que vestía una túnica blanca como nuestros druidas. Fuimos a recibirlos todo el pueblo, pero ellos desde un principio mostraron especial interés por nuestros adornos, gracias al guía fenicio que traían pudimos entendernos con ellos y después de invitarlos al poblado y darles de comer nos expusieron sus intenciones.

En dos días montaron su campamento, mientras sus exploradores se acercaban lo más posible a nuestra ahora fortaleza para encontrar sus puntos débiles. El tercer día recibimos un primer ataque a nuestras murallas de unos 100 hombres que repelimos con facilidad. Una vez retirados comenzaron a hacer una línea defensiva alrededor de la fortaleza para evitar que nadie entrase o saliese de la fortaleza y así sitiarnos, pero no sabían que teníamos una vía de escape.

El sitio comenzó, y a los 17 días, aunque el agua no nos faltaba, las provisiones empezaban a escasear, cosa que nos inquietaba, por lo que se decidió hacer un ataque nocturno a uno de sus puestos y coger algún prisionero para saber más sobre ellos, tres guerreros salieron sigilosamente de la fortaleza a media noche, volviendo con un soldado romano al cual se interrogó a la mañana siguiente, este dijo que había órdenes de no levantar el sitio hasta que se rindiese la fortaleza, los dioses lo acompañaron ya que después de esto su muerte era segura, pero yo intercedí por su vida y conseguí que se lo perdonasen, aunque lo mantuvimos como prisionero.

Un día después, comenzaron a construir aquellas maquinas que luego nos causarían tanto daño, pues  al tercer día, cuando amaneció notamos como todo el alrededor temblaba con los impactos de las piedras que nos lanzaban esas malditas maquinas, eran de todos los tamaños y una de ellas aplasto a una mujer que en ese momento se encontraba cogiendo agua en el pozo. Era terrible, esto duró prácticamente toda la mañana produciendo  daños en los edificios,  dejando algunos heridos y la mujer muerta, pero al atardecer se reinició el ataque y ésta vez se centró en la torre sur que era la más próxima a ellos y que al final se desmoronó, dejando una entrada a los atacantes. Se produjo de repente un silencio aterrador, ya que todos imaginábamos lo que iba a suceder. No podíamos caer en manos de los enemigos y no podíamos dejar que ninguno de los nuestros lo hiciese, la orden era muy clara y a ello nos ayudarían nuestras dagas, espadas, el tejo y el fuego.

De repente cientos de romanos bien armados avanzaron hacia la brecha en la torre, nuestros arqueros evitaron que muchos llegasen a nuestras murallas pero no pudieron impedir que finalmente éstos entrasen en el recinto, donde la lucha fue encarnizada y desigual.
En medio de la lucha alguien  libero al prisionero y le dio una espada con la que empezó a luchar, de repente su vista se clavó en mí, mientras yo intentaba con otras dos mujeres esconderme detrás de un carro, en eso momento, un soldado romano nos vio y se dirigió a nosotras espada en alto, nuestro fin estaba próximo, pero el soldado cautivo corrió hacia él y de un golpe hundió la espada en su costado cayendo este como un fardo al suelo.

Una de las mujeres le indicó con temor la salida secreta que daba al pequeño embarcadero y él, sin dudarlo, nos acompañó allí, nos ayudó a subir a la pequeña barca en la que huimos, él nos señaló el monte Xamorro y pensamos que era a donde quería que nos dirigiésemos, por lo que le hicimos caso. En medio de la oscuridad nos llevó mucho tiempo llegar, recuerdo que cuando era pequeña a veces jugábamos allí y me llamaban la atención los dibujos que hay sobre las piedras, los mayores dicen que cuando nuestro pueblo llegó a este país ya estaban esos dibujos. Al poco de llegar a su cima vimos a lo lejos un gran incendio en nuestro poblado, estábamos aterrorizadas de lo que podía haber pasado.

No recuerdo cuando me quedé dormida pero me llevé un gran susto al despertar y ver al soldado cautivo vestido de romano y con su espada en la mano, le acompañaba el traductor fenicio yque nos dijo: No temáis, somos amigos, venimos para ayudaros.

Entonces le preguntamos por la suerte que habían corrido los de nuestro pueblo y a esto nos contestó: no hay ningún sobreviviente, el que no ha muerto en combate se ha suicidado con veneno o con su propia espada, la misma suerte corrieron las mujeres y los niños y una vez que todo finalizó los romanos quemaron todo el pueblo volvieron a su campamento.

- ¿Y qué va a ser de nosotras? - le pregunté.
- Aquí os traemos comida para tres días, no os dejéis ver, volveremos tan pronto podamos.

Al cuarto día regresaron con más comida y el fenicio nos dijo que al día siguiente partirían y que no quedaría ningún romano, ya no los volvimos a ver jamás, aunque todas las mañanas me levanto con el temor de que vuelvan aquí.